Elecciones 2008 - 9 de Marzo

Elecciones generales 2008 – 9 de Marzo

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Si pudiéramos dejar de llorar

Sábado, 08/03/2008

Hay días en Euskadi en los que se hace repentinamente de noche y las lágrimas se anudan a la garganta, en un dramático quebranto que nos devuelve a nuestra tragedia cotidiana, la que siempre regresa encarnada en un pistolero inclemente y sin entrañas. Ayer fue uno de esos días que se oscurecen en el calendario colectivo ya para siempre, obligando a tachar otra efeméride negra en el insoportable relato de oprobio e indignidad que ETA continúa protagonizando. La crónica oficial recordará el 7 de marzo de 2008 como la fecha en que la organización terrorista, seguramente enrabietada por su demostrada incapacidad para condicionar el desarrollo de la campaña electoral, asesinó a un ex concejal socialista con la pretensión de enlutar la cita con las urnas, atemorizar al conjunto del cuerpo democrático y reorientar la voluntad de los votantes. Pero la historia interior de los vascos, esa que marchita nuestros logros como sociedad moderna y avanzada, deberá esforzarse en no olvidar el nombre de Isaías Carrasco ni el sufrimiento de todos los suyos, miembros del mismo pueblo al que pertenecen los asesinos que este helador viernes de marzo decidieron arrebatar la vida al ex concejal socialista.

Quizá si algún día pudiéramos dejar de llorar, los vascos tendríamos la oportunidad de enfrentarnos cara a cara con el destrozo cada vez más difícil de suturar que está provocando la sanguinaria persistencia del terror. Porque es posible que la banda esté escribiendo los postreros episodios de su trayectoria homicida, pero es tanto el dolor causado que cada uno de sus atentados aleja la reconstrucción de una convivencia normalizada en la que las justificaciones atroces hayan desaparecido. En la que nadie se atreva ya, como ocurrió en el Ayuntamiento de Mondragón con el cuerpo aún tibio de Isaías Carrasco, a negarse a condenar un atentado que busca silenciar a quienes sólo pretenden vivir libres. Lo que incluye también al conjunto de la izquierda abertzale, cuyo obcecada indiferencia siempre ahonda la desesperación de los familiares de las víctimas y la amargura de la inmensa mayoría de sus conciudadanos.

El atentado de ETA pretende un objetivo imaginable por todos, pero reconocerlo, verbalizarlo e insistir en él supone tanto como reconocer a los asesinos una intencionalidad que supera la mera y simple descripción del asesinato de Isaías Carrasco como un crimen deleznable. De igual forma, reiterar las apelaciones vanas a la izquierda abertzale para que se desmarque definitivamente de la violencia significa a estas alturas restar relevancia al protagonismo insustituible de las víctimas, empezar a robarles desde el mismo momento de su muerte el espacio que tan amargamente deberían haberse ganado en nuestra memoria. ETA mata en nombre del pueblo vasco porque sus pistoleros son vascos, como lo son quienes les apoyan y creen aún posible no condenar un atentado y transmitir sus condolencias en el hospital. El atentado de ayer apela al compromiso común para no olvidar que los terroristas, aunque debilitados, no quieren dejar de asesinar. Y para conferir a la cita de mañana toda la legitimidad que los terroristas han intentado hurtarle.


Escrito por a las 00:26 am

Cambio de tercio

Viernes, 07/03/2008

Hará falta tiempo para verificar que esta campaña ha servido para que Zapatero y Rajoy den por saldadas las cuentas pendientes desde las elecciones de 2004. Ambos dedicaron una parte muy sustancial de sus dos debates a revisar el pasado y a reprocharse mutuamente aquellas actuaciones de las que el adversario puede sentirse menos satisfecho o más cuestionado por el electorado, incluido el propio. Es lo que le ocurre a Zapatero con los fallidos contactos con ETA y, de manera aún más acusada, a Rajoy con la guerra de Irak y los atentados del 11-M, aunque el candidato del PP se está esforzando en el tramo final hacia las elecciones por echar tierra sobre dos asuntos que ya no ofrecen rentabilidad alguna a su partido. Su actitud contrasta con la de su adversario, al que se le percibe incómodo cuando se le interpela sobre su estrategia antiterrorista. Pero que da la impresión de esperar en su fuero interno que la nueva legislatura, tanto si gana como si no, confirme que la debilidad de ETA se ha agudizado también por efecto de su tentativa de solución, aunque fracasara.
Sin embargo, estas semanas están demostrando que el recurso al pasado empieza a estar gastado porque las propuestas de los partidos y sus omisiones están definiendo ya cuál será la agenda política de la próxima legislatura. Aunque la banda terrorista ha pretendido  condicionar la campaña y todavía puede intentarlo, no ha logrado hacerse con un protagonismo equiparable al de los últimos cuatro años. Lo mismo ocurre con el otro gran asunto que ha focalizado la diatriba entre Gobierno y oposición. La cuestión territorial ha sido desplazada de los mensajes centrales de los socialistas, lo que hace difícil su recuperación en el arranque de la nueva legislatura, máxime cuando está pendiente la resolución del Constitucional sobre la reforma catalana y cuando la violencia etarra y, en distinto grado, las aspiraciones soberanistas de Ibarretxe obstaculizan la actualización de los consensos democráticos en Euskadi.
En definitiva, la campaña ha desviado el interés hacia otros asuntos, a veces movida por la realidad circundante –las nuevas dificultades económicas- y otras por la voluntad de los partidos de orientar la atención hacia iniciativas más o menos innovadoras. Es evidente que quien ocupe La Moncloa a partir del domingo deberá centrar buena parte de sus energías en combatir la ralentización en nuestro crecimiento y en aplicar los cuantiosos planes de ayudas y subvenciones a las familias y los distintos grupos de población comprometidos en los programas, en ocasiones –como ocurre con la extensión de las guarderías- de forma coincidente. De igual manera, es posible que el PP pierda las elecciones, pero ha conseguido airear el debate sobre la inmigración hasta el punto de que resultará seguramente insoslayable en la legislatura entrante. Como lo será la profundización de los derechos en materia de igualdad, presente en los diferentes proyectos y de la que el PP no podrá desentenderse tras haber convertido en fetiche a la niña de Rajoy. 

Escrito por a las 00:49 am

El dilema del bipartidismo

Jueves, 06/03/2008

La ajustada pugna entre el PSOE y el PP en esta campaña se presentaba como un escenario de ensueño para los nacionalistas. Sobre el papel, la apurada distancia entre socialistas y populares proporciona a las fuerzas periféricas una baza aún más decisiva en la gobernabilidad del Estado; incluso cuando sus opciones puedan verse mermadas por el bipartidismo cuya crítica se ha transformado en un argumento para movilizar al electorado propio. Sin embargo, el ánimo que están proyectando los partidos más representativos del nacionalismo -CiU, ERC y el PNV-  dista del que cabría esperar en aquellos que, necesarios por su fuerte arraigo autonómico y reforzados por la profunda división entre el PSOE y el PP, sólo tendrían que sentarse en sus escaños a esperar que el primero de los dos grandes solicite su apoyo. Parecen embargados, de hecho, por una especie de desaliento que proviene tanto de las incertidumbres sobre la propia solidez electoral, como de la falta de certezas sobre la actitud de aquellos que pudiendo gobernar España puedan preferir hacerlo sin peajes soslayando la posibilidad de una mayoría con los nacionalistas.

No se trata sólo de que Zapatero haya modulado la apelación a la colaboración y al compromiso que dirigió antes de la campaña al PNV y a CiU, alimentando las ilusiones de una IU cada vez más frágil. O de que el PP de Rajoy esté promoviendo en sus estrategias y discursos el rearme ideológico de lo que debe significar, a su juicio, ser español. Se trata también de las limitaciones que plantea para los intereses más pragmáticos del nacionalismo la escalada en las reivindicaciones soberanistas, mientras intenta compatibilizarlas con el discurso pragmático sobre los beneficios domésticos que aporta una posición relevante en las Cortes. La campaña posibilista de ERC, alejada de la efervescencia y del gusto por el cuerpo a cuerpo con el PP que le permitió pasar en 2004 de un solo diputado a ocho, demuestra la existencia de un temor a perder la llave de la influencia. Temor a que el bipartidismo que ha apuntalado a los partidos periféricos como el tercer polo del Estado tome conciencia de su suficiencia y prefiera conducirse en solitario a ensanchar sus márgenes con quienes han avivado sus aspiraciones más maximalistas.

Mientras las perspectivas de voto apuntan a un desgaste de los nacionalistas catalanes, en el caso del PNV fluctúan entre el mantenimiento de sus siete escaños y la pérdida de uno situándose por detrás de los socialistas vascos. En la fluctuante identificación electoral que mantiene con el soberanismo de Ibarretxe -que tan buen resultado le reportó en las municipales de 2003, las primeras con Batasuna ilegalizada, y tan decepcionante en las autonómicas de 2005-, la formación peneuvista ha orillado la consulta del lehendakari para realzar qué bien se vive en Euskadi. La paradoja es que las urnas sólo podrían resolver el intransferible dilema al que de nuevo se enfrenta el partido de Urkullu con un éxito arrollador o una debacle sin paliativos. Dos hipótesis hoy por hoy improbables.


Escrito por a las 00:53 am

Excusas y frustraciones

Miércoles, 05/03/2008

Uno de los peligros que acechaban a la campaña de Mariano Rajoy era el daño que pudieran infligir a sus opciones la insistencia en el error en las filas de su partido. El presidente del PP logró a duras penas ponerse a salvo del fuego amigo en las semanas previas al inicio de la campaña, cuando las zancadillas entre Aguirre y Ruiz-Gallardón pusieron a prueba la fortaleza de su liderazgo y cuando las desafortunadas afirmaciones de Arias Cañete sobre los inmigrantes trivializaron uno de los ejes de su estrategia electoral. En aquellos días, la nota de la Conferencia Episcopal orientando el voto de los católicos ofreció la excusa a los socialistas para explotar uno de los asuntos -sus controvertidas relaciones con la cúpula eclesiástica- que más movilizan al electorado escorado a la izquierda. De ahí que la elección de Rouco Varela al frente del episcopado español no sólo reflota en el tramo final de la campaña una controversia que incomoda los intereses de los populares. La propia designación de quien se ha identificado y ha sido identificado como uno de los obispos más críticos con la actuación política de Zapatero parece dar argumentos a quienes piensan que la cita con las urnas ya está decidida; y que lo está a favor del candidato socialista.

De hecho, el nombramiento de Rouco ha dado la oportunidad al líder del PSOE para realizar un gesto de conciliación institucional más propio de quien dirige el Gobierno que de quien, como aspirante, había asegurado hace apenas unos días que pensaba poner “los puntos sobre las íes” en su relación con los obispos. Ambas declaraciones se ajustan a la lógica de dos momentos diferentes de la campaña. Aunque el presidente es consciente de que debe mantener la tensión entre su militancia agitando el temor al regreso de los populares, su actitud ayer fue la de quien, una vez superado el trance de los dos debates, parece del todo dispuesto a ensanchar la ventaja que le otorgan las encuestas. Mientras su rival se dolía de haberse entrampado en dos asuntos -la guerra de Irak y el 11-M- ya juzgados por los ciudadanos, en un rapto de sinceridad posiblemente insuficiente para reconducir el rumbo de cuatro años de férrea oposición,  Zapatero se reunió con jóvenes para proyectar la impresión de que aún queda campaña. Lo bastante, al menos, para dar un último arreón al electorado que le permita vencer más ampliamente de lo que le auguran los sondeos.

A pesar de que la campaña se ha planteado, con una nitidez insólita, como un cara o cruz excluyente entre ambos candidatos, su ajustado desarrollo les ha proporcionado justificaciones para aliviar sus respectivas frustraciones. Porque resultaría frustrante para Zapatero no ver revalidada su mayoría con algo más de holgura tras una legislatura con decisiones tan comprometidas, aunque pueda encontrar en la resistencia del PP hasta el mismo momento de llegar a las urnas la excusa para exaltar el triunfo obviando esa decepción. Pero aún más frustrante sería para Rajoy volver a perder, incluso cuando pueda escudarse en los perjuicios que le ha causado el fuego amigo.
Escrito por a las 00:08 am

Y si todo acaba igual

Martes, 04/03/2008

El resultado más inmediato del debate de anoche es que ganó el espectáculo televisivo. Conscientes de que al haber concentrado tanta expectación en su definitivo cara a cara éste iba a anticipar el cierre virtual de la campaña, Zapatero y Rajoy se condujeron con mayor agresividad, buscaron la refriega, intercambiaron reproches de manera más vibrante y simularon durante muchos pasajes estar participando en un debate al uso, y no en el simulacro del mismo que protagonizaron la primera vez. Pero retirados los adjetivos y el acaloramiento de dos contendientes que, según quedó nítidamente verificado, se profesan tal animadversión que no cabe esperar que lleguen a entenderse con sinceridad, la melodía de fondo apenas despegó de lo que ya pudo escucharse no sólo en su duelo inicial, sino a lo largo de los cuatro años de legislatura. Ambos tenían complicado aportar novedades o anuncios capaces de remover al electorado cuando llevan semanas desgranando sus propuestas, en un goteo intensivo que es probable que haya llegado a aturdir a los votantes menos comprometidos con sus respectivas siglas. Pero ambos también volvieron a demostrar su querencia por recorrer los terrenos conocidos –ETA, la guerra de Irak, las reformas autonómicas-, aquellos que les siguen amarrando al escenario del 14 de marzo de 2004.
Zapatero y Rajoy llegaron a su segundo debate en una situación desigual. El candidato socialista se enfrentaba en gran medida a sí mismo, debía probar su capacidad para convencer cuando todos los sondeos pronostican que ya ha convencido más que su oponente. No deja de resultar sintomático que quien tanto ha arriesgado en los últimos cuatro años en algunas de sus estrategias, incluso bajo la apariencia a veces de la temeridad, haya dado la impresión de conformarse con aguantar los embates dialécticos de su rival y conservar la valiosa ventaja atesorada, aunque ésta pueda acabar siendo más corta que los 4,9 puntos de 2004. El reto de Rajoy estaba teñido por la gravedad de las últimas oportunidades, por la responsabilidad no sólo de no poder permitirse perder, sino de tener que ganar. El líder del PP logró sacudirse la presión por la vía de exasperar a su contrincante, tildándole reiteradamente de mentiroso e interpelándole allí –el fallido proceso de paz- dónde Zapatero parece haber desistido de ofrecer una respuesta que no sea defensiva. Pero tal y como ocurrió tras el primer debate, la conclusión es que a Rajoy no le ha servido resistir.
La historia de esta campaña es la de dos partidos que corren en la misma dirección de forma cada vez más veloz, con lo que el segundo no logra alcanzar al primero pero el primero tampoco logra ampliar la distancia con la que partía. Porque todo podría acabar estando donde estaba, como si no hubieran transcurrido cuatro años de legislatura, una semana larga de campaña y dos extenuantes debates cuyos protagonistas no han respondido a las expectativas creadas.

Escrito por a las 00:48 am

A la contra

Lunes, 03/03/2008

Hay imágenes que resumen el discurrir de una campaña. Ayer, Zapatero y Rajoy buscaron el arropamiento multitudinario de sus incondicionales antes de enfrentarse al solitario desafío que supone el debate de esta noche. Es uno de los contrasentidos de la carrera hacia el 9-M, porque el combustible de los actos de partido, con un gentío cada vez más desbordante, parece tan imprescindible como insuficiente para desnivelar una contienda que ambos candidatos han fiado en gran medida a sus dos cara a cara. Y eso a pesar de que el primero no sólo no despejó el horizonte, sino que dio lugar a otra contradicción: aunque todos los sondeos publicados dieron por ganador a Zapatero, fue su rival el que salió crecido por el mero hecho de haber superado el duelo con sus opciones intactas.

Sin embargo, ese logro de Rajoy esconde una especie de penitencia, que es la desconfianza en sus posibilidades que sigue rezumando de cuando en cuando su propio partido. Porque no se trata sólo de que el candidato popular estuviera más o menos acertado. Fue el alivio que tan ostensiblemente se dejó sentir entre los suyos, como si no estuvieran del todo seguros de que su líder pudiera colmar las expectativas depositadas en él, lo que le permitió presentarse como vencedor del debate dado que pareció haberlo conseguido contra pronóstico. Aunque quizás ésta sea una de las consecuencias del particular carácter de Rajoy, un político que atesora una dilatada carrera de responsabilidades públicas –entre ellas, cuatro ministerios-, sin que nunca haya dado la impresión de que ambicionara de salida ninguna de ellas. Es posible que esta noche el candidato del PP vuelva a reconstruirse ante el potencial electorado como ese señor de provincias con aspiraciones comunes, honrado y algo anodino que pretende actuar como contrapunto a la imagen más sofisticada de su adversario. Pero el peligro que está corriendo es el del exceso, porque a los votantes puede resultarles desconcertante que el cambio se vista con los ropajes de un tipo de ciudadano que ya no se ajusta a la sociología española predominante.

Es posible que la repentina aparición de Aznar en el mitin de León proporcione munición al PSOE para tratar de anclar a Rajoy en el pasado. Sin embargo y por momentos, ese lastre pareció pesar más en el ánimo de Zapatero en el debate de hace una semana. La experiencia de La Moncloa obliga al candidato socialista a conducirse de otra manera, porque ya no puede ser el político al que bastaban sus maneras amables para descolocar al adversario, el que propugnaba el cambio tranquilo que, tras cuatro años de crispación, no se ha consumado en esos términos. El reto de Zapatero en esta campaña es el de la confirmación en el poder, una experiencia inédita para él. Porque quien fue el diputado más joven del Congreso, se hizo con la secretaría general del PSOE reventando las quinielas y llegó a la presidencia del Gobierno a la primera tentativa debe demostrar que es capaz de articular un discurso ganador no jugando a la contra, sino cuando el viento sopla a favor de sus velas.

Escrito por a las 00:30 am

Maximalismos imposibles

Domingo, 02/03/2008

Las sucesivas encuestas que se han ido publicando sobre intención de voto apuntan a un resultado el 9-M que acentuará el bipartidismo agudizado ya en 2004, cuando la suma de escaños de socialistas y populares -312- se quedó a tan sólo siete de los que cosecharon UCD, PSOE, PCE y AP en 1977. Pero esa progresiva simplificación del mapa electoral también está contribuyendo a que los dos grandes partidos tengan que realizar un notable sobreesfuerzo para poder imponerse en las urnas. Apenas medio millón de votos separan la victoria por mayoría absoluta del PP en 2000 de la dolorosa derrota sufrida hace cuatro años, cuando el PSOE venció con la cifra de sufragios más elevada de la democracia –once millones- sin que eso le valiera para gobernar con comodidad. Así, socialistas y populares podrían atesorar en el nuevo Congreso más diputados que nunca con una corta distancia entre las dos bancadas.


La forma en que ambos han concebido esta campaña ha desmontado el tópico por el cual las elecciones se ganarían siempre en el centro, ese territorio de perfiles difuminados y límites difíciles de discernir. Lo paradójico es que a tenor de lo dicho por los encuestados tanto en el sondeo que hoy publica este periódico como en el último del CIS, la mayoría de la ciudadanía asegura identificarse con ese centrismo capaz teóricamente de desequilibrar las contiendas electorales. Pero si se atiende a los discursos de Zapatero y de Rajoy y a las estrategias que los arropan, el éxito en estas generales no depende del electorado menos ideologizado, sino de aquellos votantes que, perteneciendo por principio a la izquierda, se mostrarían renuentes a entregar su papeleta al candidato socialista. El PP se ha esforzado en negar que pretenda movilizar la abstención en las filas de su adversario, ante la supuesta imposibilidad de atraerse apoyos por ese flanco. Sin embargo, con sus apelaciones a los socialistas desencantados, los populares se arriesgan a extender la impresión que aflora mayoritariamente en los sondeos: que el electorado dispuesto a avalar al PSOE sigue siendo más amplio que el propio.


De ahí que el partido de Rajoy continúe enfrentándose a un desafío superior al de sus oponentes. Los populares han acreditado la fidelidad de su electorado, pero mientras éste fluctúa según los distintos sondeos en poco más de un punto, el de los socialistas lo hace en cuatro. Lo curioso es que ambos recurren a la tensión con objetivos contrapuestos, aunque la estrategia por la que parecen inclinarse el PP también conlleva más riesgos. Porque Rajoy está obligado a medir con exactitud milimétrica hasta dónde puede llegar con sus mensajes más alarmistas sobre la desaceleración económica o la inmigración para lograr el objetivo de ahuyentar del PSOE al votante socialista reticente; pero sin provocar, al tiempo, su movilización por efecto reactivo. El problema de las estrategias de ambos partidos es que parten de un maximalismo imposible: que todos los indecisos se identifican, en el fondo, con Zapatero y que en el PP nadie, ni uno solo de sus electores, alberga duda alguna.

Escrito por a las 00:20 am

Jarrones chinos

Sábado, 01/03/2008

Un político puede acabar siendo recordado por una metáfora afortunada. Incluso puede ocurrir que ese mismo político no termine estando a la altura de la brillantez de su metáfora. Hace unos años, la retórica seductora de Felipe González definió a los ex presidentes del Gobierno como jarrones chinos en apartamentos pequeños, porque su aparente valor queda atenuado por lo mucho que pueden llegar a estorbar. Cabe imaginar que la comparación incluía una segunda parte, aquella en la que el jarrón no sólo entorpece, sino que su estrépito al caer puede acallar cualquier otro ruido a su alrededor. El “imbécil” con el que González se despachó contra Mariano Rajoy ha provocado un estruendo que debería desagradar no sólo por la innecesaria zafiedad del improperio. Su mera mención ensucia la caballerosidad institucional con que deberían conducirse una vez que abandonan el cargo aquellos que han asumido responsabilidades tan elevadas. En el mitin de Málaga, el del exabrupto, González se comportó como lo que no puede ser: ni el tono fue el propio de un ex presidente, ni cabía que actuara haciéndose el candidato y olvidando sus galones del pasado.

Pero si algo han evidenciado sus palabras es la dificultad de los herederos para convivir armónicamente con quienes les sucedieron en el puesto. Una incomodidad que, paradójicamente, parece agudizarse más cuando el predecesor pertenece al mismo partido. Los estrategas del PSOE han optado por rescatar el carisma mitinero de González para una decena de actos electorales, aunque sólo ha coincidido con Zapatero en el celebrado en Hospitalet el pasado día 16, antes de que la campaña arrancara oficialmente. Resulta significativo que quienes han diseñado una campaña subrayando la modernidad que encarnaría el proyecto de su candidato recurran al ex presidente no tanto para apuntalar esa imagen entre sus potenciales votantes  como para retener al “socialista clásico”, lo que daría pábulo a la impresión de que las maneras de Zapatero no terminan de convencer a la militancia más avezada. Como si la ausencia de un hilo sentimental entre ambos -el candidato a la reelección puede presumir de no ser el delfín de nadie- repercutiera también en el ánimo de esas bases del partido que hunden sus raíces en un tiempo irrepetible.

La notable presencia de González en esta campaña contrasta con las apenas tres intervenciones programadas en la agenda de José María Aznar. Aún es una incógnita si compartirá con Rajoy el mitin de cierre en Madrid, aunque la experiencia de las generales de 2004 y de las municipales de 2007 demuestra que ambos se han rehuido en los actos ante la militancia. En realidad, desde que renunció por decisión propia a La Moncloa y designó a su sucesor al frente del PP, Aznar se ha prodigado escasamente en las convocatorias propias de la contienda electoral. González aún es capaz de solapar la campaña de Zapatero, pero no puede eclipsarle. Una seguridad con la que no cuenta el equipo de fieles que con tanto cuidado han diseñado la ruta de Rajoy hacia el 9-M.


Escrito por a las 00:34 am

La mirada de Lourdes Pérez

(Otros)

Lourdes Pérez Lourdes Pérez, directora de Opinión de Vocento, disecciona cada día el rumbo de una de las carreras electorales más largas y disputadas de la historia de la democracia.

 

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