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Sábado, 08/03/2008
Viernes, 07/03/2008
Hará falta tiempo para verificar que esta campaña ha servido para que Zapatero y Rajoy den por saldadas las cuentas pendientes desde las elecciones de 2004. Ambos dedicaron una parte muy sustancial de sus dos debates a revisar el pasado y a reprocharse mutuamente aquellas actuaciones de las que el adversario puede sentirse menos satisfecho o más cuestionado por el electorado, incluido el propio. Es lo que le ocurre a Zapatero con los fallidos contactos con ETA y, de manera aún más acusada, a Rajoy con la guerra de Irak y los atentados del 11-M, aunque el candidato del PP se está esforzando en el tramo final hacia las elecciones por echar tierra sobre dos asuntos que ya no ofrecen rentabilidad alguna a su partido. Su actitud contrasta con la de su adversario, al que se le percibe incómodo cuando se le interpela sobre su estrategia antiterrorista. Pero que da la impresión de esperar en su fuero interno que la nueva legislatura, tanto si gana como si no, confirme que la debilidad de ETA se ha agudizado también por efecto de su tentativa de solución, aunque fracasara.
Sin embargo, estas semanas están demostrando que el recurso al pasado empieza a estar gastado porque las propuestas de los partidos y sus omisiones están definiendo ya cuál será la agenda política de la próxima legislatura. Aunque la banda terrorista ha pretendido condicionar la campaña y todavía puede intentarlo, no ha logrado hacerse con un protagonismo equiparable al de los últimos cuatro años. Lo mismo ocurre con el otro gran asunto que ha focalizado la diatriba entre Gobierno y oposición. La cuestión territorial ha sido desplazada de los mensajes centrales de los socialistas, lo que hace difícil su recuperación en el arranque de la nueva legislatura, máxime cuando está pendiente la resolución del Constitucional sobre la reforma catalana y cuando la violencia etarra y, en distinto grado, las aspiraciones soberanistas de Ibarretxe obstaculizan la actualización de los consensos democráticos en Euskadi.
En definitiva, la campaña ha desviado el interés hacia otros asuntos, a veces movida por la realidad circundante –las nuevas dificultades económicas- y otras por la voluntad de los partidos de orientar la atención hacia iniciativas más o menos innovadoras. Es evidente que quien ocupe La Moncloa a partir del domingo deberá centrar buena parte de sus energías en combatir la ralentización en nuestro crecimiento y en aplicar los cuantiosos planes de ayudas y subvenciones a las familias y los distintos grupos de población comprometidos en los programas, en ocasiones –como ocurre con la extensión de las guarderías- de forma coincidente. De igual manera, es posible que el PP pierda las elecciones, pero ha conseguido airear el debate sobre la inmigración hasta el punto de que resultará seguramente insoslayable en la legislatura entrante. Como lo será la profundización de los derechos en materia de igualdad, presente en los diferentes proyectos y de la que el PP no podrá desentenderse tras haber convertido en fetiche a la niña de Rajoy.
Jueves, 06/03/2008
Miércoles, 05/03/2008
Martes, 04/03/2008
El resultado más inmediato del debate de anoche es que ganó el espectáculo televisivo. Conscientes de que al haber concentrado tanta expectación en su definitivo cara a cara éste iba a anticipar el cierre virtual de la campaña, Zapatero y Rajoy se condujeron con mayor agresividad, buscaron la refriega, intercambiaron reproches de manera más vibrante y simularon durante muchos pasajes estar participando en un debate al uso, y no en el simulacro del mismo que protagonizaron la primera vez. Pero retirados los adjetivos y el acaloramiento de dos contendientes que, según quedó nítidamente verificado, se profesan tal animadversión que no cabe esperar que lleguen a entenderse con sinceridad, la melodía de fondo apenas despegó de lo que ya pudo escucharse no sólo en su duelo inicial, sino a lo largo de los cuatro años de legislatura. Ambos tenían complicado aportar novedades o anuncios capaces de remover al electorado cuando llevan semanas desgranando sus propuestas, en un goteo intensivo que es probable que haya llegado a aturdir a los votantes menos comprometidos con sus respectivas siglas. Pero ambos también volvieron a demostrar su querencia por recorrer los terrenos conocidos –ETA, la guerra de Irak, las reformas autonómicas-, aquellos que les siguen amarrando al escenario del 14 de marzo de 2004.
Zapatero y Rajoy llegaron a su segundo debate en una situación desigual. El candidato socialista se enfrentaba en gran medida a sí mismo, debía probar su capacidad para convencer cuando todos los sondeos pronostican que ya ha convencido más que su oponente. No deja de resultar sintomático que quien tanto ha arriesgado en los últimos cuatro años en algunas de sus estrategias, incluso bajo la apariencia a veces de la temeridad, haya dado la impresión de conformarse con aguantar los embates dialécticos de su rival y conservar la valiosa ventaja atesorada, aunque ésta pueda acabar siendo más corta que los 4,9 puntos de 2004. El reto de Rajoy estaba teñido por la gravedad de las últimas oportunidades, por la responsabilidad no sólo de no poder permitirse perder, sino de tener que ganar. El líder del PP logró sacudirse la presión por la vía de exasperar a su contrincante, tildándole reiteradamente de mentiroso e interpelándole allí –el fallido proceso de paz- dónde Zapatero parece haber desistido de ofrecer una respuesta que no sea defensiva. Pero tal y como ocurrió tras el primer debate, la conclusión es que a Rajoy no le ha servido resistir.
La historia de esta campaña es la de dos partidos que corren en la misma dirección de forma cada vez más veloz, con lo que el segundo no logra alcanzar al primero pero el primero tampoco logra ampliar la distancia con la que partía. Porque todo podría acabar estando donde estaba, como si no hubieran transcurrido cuatro años de legislatura, una semana larga de campaña y dos extenuantes debates cuyos protagonistas no han respondido a las expectativas creadas.
Lunes, 03/03/2008
Hay imágenes que resumen el discurrir de una campaña. Ayer, Zapatero y Rajoy buscaron el arropamiento multitudinario de sus incondicionales antes de enfrentarse al solitario desafío que supone el debate de esta noche. Es uno de los contrasentidos de la carrera hacia el 9-M, porque el combustible de los actos de partido, con un gentío cada vez más desbordante, parece tan imprescindible como insuficiente para desnivelar una contienda que ambos candidatos han fiado en gran medida a sus dos cara a cara. Y eso a pesar de que el primero no sólo no despejó el horizonte, sino que dio lugar a otra contradicción: aunque todos los sondeos publicados dieron por ganador a Zapatero, fue su rival el que salió crecido por el mero hecho de haber superado el duelo con sus opciones intactas.
Sin embargo, ese logro de Rajoy esconde una especie de penitencia, que es la desconfianza en sus posibilidades que sigue rezumando de cuando en cuando su propio partido. Porque no se trata sólo de que el candidato popular estuviera más o menos acertado. Fue el alivio que tan ostensiblemente se dejó sentir entre los suyos, como si no estuvieran del todo seguros de que su líder pudiera colmar las expectativas depositadas en él, lo que le permitió presentarse como vencedor del debate dado que pareció haberlo conseguido contra pronóstico. Aunque quizás ésta sea una de las consecuencias del particular carácter de Rajoy, un político que atesora una dilatada carrera de responsabilidades públicas –entre ellas, cuatro ministerios-, sin que nunca haya dado la impresión de que ambicionara de salida ninguna de ellas. Es posible que esta noche el candidato del PP vuelva a reconstruirse ante el potencial electorado como ese señor de provincias con aspiraciones comunes, honrado y algo anodino que pretende actuar como contrapunto a la imagen más sofisticada de su adversario. Pero el peligro que está corriendo es el del exceso, porque a los votantes puede resultarles desconcertante que el cambio se vista con los ropajes de un tipo de ciudadano que ya no se ajusta a la sociología española predominante.
Es posible que la repentina aparición de Aznar en el mitin de León proporcione munición al PSOE para tratar de anclar a Rajoy en el pasado. Sin embargo y por momentos, ese lastre pareció pesar más en el ánimo de Zapatero en el debate de hace una semana. La experiencia de La Moncloa obliga al candidato socialista a conducirse de otra manera, porque ya no puede ser el político al que bastaban sus maneras amables para descolocar al adversario, el que propugnaba el cambio tranquilo que, tras cuatro años de crispación, no se ha consumado en esos términos. El reto de Zapatero en esta campaña es el de la confirmación en el poder, una experiencia inédita para él. Porque quien fue el diputado más joven del Congreso, se hizo con la secretaría general del PSOE reventando las quinielas y llegó a la presidencia del Gobierno a la primera tentativa debe demostrar que es capaz de articular un discurso ganador no jugando a la contra, sino cuando el viento sopla a favor de sus velas.
Domingo, 02/03/2008
Las sucesivas encuestas que se han ido publicando sobre intención de voto apuntan a un resultado el 9-M que acentuará el bipartidismo agudizado ya en 2004, cuando la suma de escaños de socialistas y populares -312- se quedó a tan sólo siete de los que cosecharon UCD, PSOE, PCE y AP en 1977. Pero esa progresiva simplificación del mapa electoral también está contribuyendo a que los dos grandes partidos tengan que realizar un notable sobreesfuerzo para poder imponerse en las urnas. Apenas medio millón de votos separan la victoria por mayoría absoluta del PP en 2000 de la dolorosa derrota sufrida hace cuatro años, cuando el PSOE venció con la cifra de sufragios más elevada de la democracia –once millones- sin que eso le valiera para gobernar con comodidad. Así, socialistas y populares podrían atesorar en el nuevo Congreso más diputados que nunca con una corta distancia entre las dos bancadas.
La forma en que ambos han concebido esta campaña ha desmontado el tópico por el cual las elecciones se ganarían siempre en el centro, ese territorio de perfiles difuminados y límites difíciles de discernir. Lo paradójico es que a tenor de lo dicho por los encuestados tanto en el sondeo que hoy publica este periódico como en el último del CIS, la mayoría de la ciudadanía asegura identificarse con ese centrismo capaz teóricamente de desequilibrar las contiendas electorales. Pero si se atiende a los discursos de Zapatero y de Rajoy y a las estrategias que los arropan, el éxito en estas generales no depende del electorado menos ideologizado, sino de aquellos votantes que, perteneciendo por principio a la izquierda, se mostrarían renuentes a entregar su papeleta al candidato socialista. El PP se ha esforzado en negar que pretenda movilizar la abstención en las filas de su adversario, ante la supuesta imposibilidad de atraerse apoyos por ese flanco. Sin embargo, con sus apelaciones a los socialistas desencantados, los populares se arriesgan a extender la impresión que aflora mayoritariamente en los sondeos: que el electorado dispuesto a avalar al PSOE sigue siendo más amplio que el propio.
De ahí que el partido de Rajoy continúe enfrentándose a un desafío superior al de sus oponentes. Los populares han acreditado la fidelidad de su electorado, pero mientras éste fluctúa según los distintos sondeos en poco más de un punto, el de los socialistas lo hace en cuatro. Lo curioso es que ambos recurren a la tensión con objetivos contrapuestos, aunque la estrategia por la que parecen inclinarse el PP también conlleva más riesgos. Porque Rajoy está obligado a medir con exactitud milimétrica hasta dónde puede llegar con sus mensajes más alarmistas sobre la desaceleración económica o la inmigración para lograr el objetivo de ahuyentar del PSOE al votante socialista reticente; pero sin provocar, al tiempo, su movilización por efecto reactivo. El problema de las estrategias de ambos partidos es que parten de un maximalismo imposible: que todos los indecisos se identifican, en el fondo, con Zapatero y que en el PP nadie, ni uno solo de sus electores, alberga duda alguna.
Sábado, 01/03/2008
Lourdes Pérez, directora de Opinión de Vocento, disecciona cada día el rumbo de una de las carreras electorales más largas y disputadas de la historia de la democracia.
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